No hacerse daño

No hacer daño comienza por no hacerse daño… Parece una perogrullada, pero es evidente que no se logra siempre encontrar esa relación. La gran mayoría de los seres humanos, atrapados en el universo del mercado y la publicidad, tiene incorporados, en el sentido literal de la palabra, hábitos sumamente dañinos.

Incluso muchas personas que procuran el bien común de manera sincera y comprometida, no encuentran la forma de gestionar su propia su vida convirtiéndola en un desastre ecológico y emocional. Suena fuerte, pero es real.

Reconociendo la importancia de haber logrado una movilización social de dimensiones planetarias para intentar detener a los depredares (con resultados muy limitados por ahora), se puede señalar que no se avanza lo mismo en la compresión de algo esencial: es preciso dejar de hacerse daño como paso inicial para la contribución efectiva al cuidado del entorno.  El mero discurso no basta.

Se requiere actuar sobre sí mismo para producir cambios reales en nuestro derredor. Tampoco es solo cuestión de aprendizajes esotéricos o de manuales de autoayuda como critican algunos que se pasan de sabios. La intoxicación a la que nos impele el consumo de alimentos contaminados, de aire envenenado y de emociones densas resultado del bombardeo mediático cargado de toda suerte disparates, terminó por enfermar a millones de seres humanos y no humanos.

Por eso asumir el cuidado de sí mismo como un horizonte próximo e indispensable requiere poner manos a la obra.

En primer lugar porque es la expresión del instinto básico de conservación. No es posible dejarse matar impávidamente, por las industrias de alimentos ultraprocesados y productos químicos convertidos en “alimenticios”. 

 En segundo lugar porque es una forma de resistencia al modelo consumista, empeñado en ocultar o negar el tremendo impacto negativo de buena parte de sus productos en la salud de los consumidores.

 Y en tercer lugar porque no debemos convertirnos en  una carga social. Para no someter a la familia y los allegados a la tremenda pena de soportar un enfermo que, por desidia o ignorancia, dejó su salud en manos de los negociantes.

Si el estilo de vida que impuso el consumismo condujo a la pérdida de la relación entre la naturaleza y la esencia del ser humano, se requiere actuar desde uno mismo para superar ese distanciamiento.

Sin limites culturales o de fronteras geopolíticas la pandemia nos hizo ver que junto con la acción colectiva de la sociedad para revertir esta tendencia, se requiere retomar “el camino de adentro”. Volver a la cepa naturalista y liberadora que lleva en su esencia la humanidad. Aquel que hasta hace unos años era un concepto despreciado y mirado de reojo (inclusive por algunos “pensadores” de vanguardia) hoy se convierte en la clave para confrontar la pandemia y los generadores, ocultos pero poderosos, de la misma. Tomar conciencia de que tocamos fondo con el modelo del crecimiento económico ilimitado y que es perentoria una pausa y un cambio de rumbo, no solo en el modelo macroeconómico, sino también en la actuación personal, individual, singular de cada un@ de nosotr@s, se ha tornado inaplazable.

Funciones básicas como respirar en un ambiente sano (por ello ecologistas activos), pasando por alimentarnos sanamente (por ello promotores de la nutrición exenta de toxicidad) hasta alcanzar estados evolutivos de conciencia expandida (por ello defensores y practicantes de las técnicas de meditación) se evidenciaron como escenarios en los que se disputa el derecho al bienestar y al buen vivir.

No hacerse daño dejó de ser una de las promesas que se hacen a comienzos de cada año luego de que los excesos arruinan el bolsillo y acaban con la salud. Estamos en la etapa de tomar decisiones de fondo en relación con nuestra propia salud física, mental y emocional, actuando orientados hacia dónde nos dijeron los ancestros, para que no sean los mercaderes quienes las tomen por nosotros.

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